¡Vacaciones!

Desde que estudio violín “formalmente”, las vacaciones representan una excelente opción para matar fiebre: ¡por fin! puedo estudiar sin presión, con paciencia, repasar repertorio viejo, tomarme el tiempo de probar digitaciones, de estudiar lento, de investigar sobre las piezas… es una delicia. Empiezo y termino cuando me da la gana. Estudio un día sí, otro no. Toco de todo.

Suena descabellado. A ver, son vacaciones. Pero es la realidad: ¡los músicos AMAMOS las vacaciones para estudiar! No hay que dar clases, el ritmo es más lento, podemos dedicarle amor al instrumento.

PERO también es bueno darle un descanso al cuerpo,

al instrumento, al oído y a la mente.

 

Después de mi lesión del año pasado (de la que realmente no descansé- terapeutas, no me maten), ansiaba darle unos días libres a mi hombro. Así fue: la primera semana de vacaciones, entre visitar familia y tomar café con amigos, dormir, leer, y ver Netflix hasta deshoras, ¿¡ qué tiempo iba a tener para tocar una escala o revisar Bach!?

Después me fui de viaje… ¡y me llevé el violín! (¿así o más loca?) Me dio un sentimiento de culpa abominable al pensar en dejar a mi Benjamín (mi violín) en casa llevando ceniza. Así que aunque fuera incómodo y sufriera los cambios climáticos, lo llevé a conocer nuevas latitudes.

20170114_170332De casi un mes que estuve afuera, practiqué unos 4 días. La verdad, un promedio bastante decente considerando el frío que mantenía mis dedos entumidos durante las 3 ó 4 horas que movía los dedos.

Cuando por ahí del 13 de enero me tomé en serio la estudiada, sentía que el violín me agradecía cada nota. No era para menos: era Bach., es amor desde la primera arcada, no matter what. Sentía que mis dedos, a pesar de los 10 grados Celsius, corrían con suavidad. Fui más consciente de cada movimiento, fluído o brusco; la vibración de la madera me daba una sensación increíble de bienestar. Hasta mis ideas eran más claras, me sentía iluminada: di con digitaciones, arcos y líneas reveladoras.

 ¡Algo había pasado!

Había recobrado el enamoramiento por mi instrumento, pero aún más importante, ¡me había re-enamorado del estudio!

Duré unas dos horas con la misma partitura, y si no tuviera que salir a conocer el mundo habría seguido por horas… era uno de esos días en que uno siente que todo sale bonito- días no muy comunes, por cierto.

El descanso es tan necesario como el estudio. Nos permite regenerarnos física y emocionalmente: al igual que el sueño, es esencial para funcionar mejor como seres humanos. Es una oportunidad de volver a comenzar, de repasar las bases, de ir lento, escuchar con atención, enamorarnos de cada nota, sentir al instrumento… Y aunque algunos no quieran leer esto, y yo en parte no quiero que mis estudiantes lean esto, hay ciclos dentro del estudio que debemos observar y escuchar; así, cuando toca dejar de lado el instrumento, debemos hacerlo para no frustrarnos o “embotarnos”: es decir, tocar y tocar sin encontrar respuestas o soluciones es contraproducentes. ¿No nos ayudaría más un descansito que tocar 8 horas diarias lo mismo en piloto automático?

 

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